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Para terminar con esta serie empezamos con la madre patria: España. Un gigante invernadero que según mi interpretación asocia la experiencia de viajar con la de comer. Muy acertada en mi opinión, sobre todo cuando se trata de un país como España.

Lo de viajar parece estar representado por las valijas voladoras que contienen diferentes nutrientes: fibras, vitaminas, minerales, etc…

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…y lo de comer está representado obviamente por los platos, en una sala con paredes-pantalla y pavimento-pantalla que nos muestra todas las cosas ricas que se pueden comer en España.

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Siempre en el tema del viajar pasamos por una galería con pasajes españoles que termina en una sala donde llueven hojas de papel que tienen escrito palabras relacionadas con el comer en diversos idiomas.

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Luego de otra parada técnica en una de las estaciones de niebla refrescante, llego al pabellón estrella de toda la expo, galardón más que merecido: UK.

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Sin dudas el más fotogénico, surreal y hasta divertido de toda la Expo. Pensé que mi destino iba a ser verlo solamente desde afuera pero el mismo destino quiso que la cola fuera suficientemente fluida como para motivarme a entrar.

El recorrido empieza con una especie de laberinto de madera con huecos a través de los cuales se puede aprender sobre la vida de las abejas en general con gráficos muy hip y divertidos que podrían alegrar y entretener cualquier eventual larga espera. Menos mal que no fue mi caso.

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Y después, de repente bam!

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Cual abejitas, volando a la altura de las flores, nos aproximamos a la gran colmena de metal.

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Una vez dentro, es toda una experiencia, incluído la piel de gallina cada vez que un ligero cálculo estuctural pasa por la mente y surge la pregunta: realmente esas varillitas de metal aguantan tanta gente? Pero el profesional interior nos tranquiliza y nos recuerda que detrás de la estructura existen coeficientes de seguridad y sofware para el cálculo estructural además de profesionales perfectamente capaces formados en las mejores universidades del mundo.

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Así fue como después de las fuertes emociones experimentadas en el pabellón británico, decidí buscar algo de paz en un país personalmente muy querido por mí: Hungría. En sí a nivel estético y proyectual ofrecía poco, más que ese gran espacio dentro de una especia de barril-arca que en el momento de mi visita esta lleno del maravilloso sonido de un artista tocando el címbalo húngaro, típico de las poblaciones gitanas.

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El clúster de especias me hizo venir unas ganas de estar en alguna playa del sureste asiático o de la Polinesia tal que fue difícil resistir las ganas de salir corriendo hacia el aeropuerto y tomarme el primer vuelo disponible a alguna playa remota y paradisíaca.

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Los pabellones de Argentina (izq) y Colombia (der) eran prácticamente imposibles de visitar para una persona impaciente como yo. Sólo mi amor por los alfajores Havanna logró convencerme, ya a la noche, de hacer unos minutos de cola para poder degustarlos.

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De China ya había tenido suficiente por dos años y medio, pero tenía cierta nostalgia, aunque no tanta como para hacer una cola de dimensiones chinas.

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El de Tailandia no me atraía particularmente a pesar de ser un país que adoro, Bangkok es una de mis ciudades preferidas y amo su gente, pero el hecho de justamente estar acompañada de mi amiga Tailandesa y poder evitar la cola me dieron la motivación que necesitaba y de todas formas era atractivo y entretenido como experiencia audiovisual.

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El de Belarusia no me entusiasmaba particularmente porque he escuchado de primera mano cómo es la situación política en el país y no me parece de lo más alegre, pero el show de bailes tradicionales fue uno de los más divertidos que vi en toda la expo y de la cara de la gente me hubiera costado deducir que viven bajo un regimen dictatoria opresivo.

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Lituania estaba lleno de esos diseños eslavos que me gustan tanto.

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Corea en ese momento era un país al que me sentía ligado emocionalmente pero que aún no había visitado y sabía que sería un peso pesado, original y con muchos recursos, siendo un país con tantas particularidades y tradición culinaria única. No defraudó.

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Cromáticamente se basaba en el blanco y negro y sustancialmente se basaba en átomos, moléculas y…calorías. Ay los asiáticos y su manía con el peso.

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Estos “globitos” mostraban cómo la grasa crece en el cuerpo de una persona mientras engorda. No apto para corazones sensibles.

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Pero las reinas del pabellón eran las vasijas para hacer kimchi, y todo lo que tenga que ver con el kimchi o verduras fermentadas.

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El de Bélgica era algo así como bipolar, con un sótano dedicado a la saludable hidroponia en sus diversasa facetas y un hall enorme dedicado al grano de cacao y su sub-producto más maravilloso: el chocolate.

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Como estructura no era nada de particular pero estaba decorado con mucho gusto como es de esperarse de los belgas.

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A Angola entré por curiosidad y al menos “visité” un país sin habérmelo esperado.

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El de Bahrain era poco pretensioso pero inteligente e interesante y uno puede sentir esa sensación de frescura que seguramente siente al pasar del sol abrasador de estos países desérticos a los frescos interiores a la sombra. Inspirador para una
amante de los patios interiores.

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Nepal era para mí una visita obligada por tantos motivos: el ambiente budista-tibetano con todo y su templo, cantos de mantras, banderas coloridas y humo de incienso. Además de proveer reposo psicológico invitaba a reposar el cuerpo en las cómodas reposeras alrededor de un estanque interior. Un verdadero paraíso, lástima que las reposeras no bastaban para todos.

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De República Checa me esperaba un poco más que un bar donde poder tomar una Pilsner Urquell, en cuanto productor de una arquitectura y objetística (arte en general, vamos) tan particular y estimulante.

De todos modos rescato los jardines oscuros que parecían sacados de algún lugar de la Tierra Media y algún que otro detalle.

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Una vista del pabellón de Israel de noche. los reyes del riego apostaron por una pared vertical para demostrar cómo se puede cultivar arroz en el desierto. Muy interesante, pero tengo que admitir que si entré fue para unirme a la fiesta disco que se estaba celebrando dentro y no por motivos reportísticos.

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Por motivos narativos decidí dejar el pabellón de Uruguay para el final.

Implicaba una espera de al menos media hora, pero por obligación cívica y moral decidí hacerla, aunque después de mi experiencia en el pabellón de Tailandia en el cual pude saltar la cola gracias a estar acompañada por mi amiga tailandesa, pienso que podría haberme ahorrado también la uruguaya. Pero Tailandia es Tailandia y Uruguay es Uruguay, así que no estoy 100% segura de que hubiera sido así.

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Donde está Uruguay hay candombe…y algún toque de surrealismo…

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Aunque poco después me enteré de que con las sillas se intentaba guardar espacio para los bailarines de tango.

La experiencia audiovisual consistía en presentar a Uruguay como un país natural pero en la vanguardia en cuanto a la gestión de los recursos con la ayuda de la tecnología, un país idílico, limpio, libre, feliz y democrático, de gente sencilla pero capaz de lograr cosas increíbles con la garra charrúa y la viveza criolla usadas en la dirección correcta y no para regirse por la ley del mínimo esfuerzo.

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Y me hizo realmente creer en que Uruguay podría llegar a ser justamente eso…si sólo los 3 millones estuviéramos de acuerdo y nos remangáramos la camisa para lograrlo, lo lograríamos. Y lo digo con todo el dolor y la impotencia con el que lo puede decir un emigrado que se cansó de ver cómo el propio país se ríe y burla de ese sueño, mientras hipócritamente le muestra al mundo una cara maquillada y falsa como las máscaras del carnaval.

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